La magnitud de la catástrofe, que ya se intuye en Yamagata, se va haciendo más clara a medida que pasan los días. Más de 10.000 muertos, 20.800 casas destruidas, más de 300.0000 personas evacuadas -gran parte de ellas en los alrededores de las dos plantas nucleares que han resultado gravemente dañadas por el temblor de tierra-, y alrededor de 1,8 millones de hogares sin electricidad y 1,4 millones sin agua corriente en la región. Los refugiados están alojados en escuelas, polideportivos, y edificios gubernamentales. Es el balance provisional de la mayor crisis humanitaria que ha vivido Japón. Los hoteles de Yamagata están todos llenos. Sus clientes son gente que ha huido de la destrucción y el horror, muchos de ellos de Sendai, donde el muro de agua arrastró viviendas, coches, escombros, barcos y todo lo que pillaba a su paso kilómetros tierra adentro. Otros son personas que han decidido venir a buscar a familiares ante la falta de información y la imposibilidad de contactarlos por teléfono. Las líneas ferroviarias hacia el norte de la isla desde Tokio están interrumpidas a medio camino, y muchas carreteras están cortadas. Los teléfonos móviles no funcionan. El público se agolpaba ayer en la estación central de Tokio, donde los mundialmente famosos trenes bala -que habitualmente funcionan con puntualidad de reloj de cuarzo- salían con retrasos hasta de una hora.
En Tokio, donde muchos temen que se produzca un terremoto similar al que causó 140.000 muertos en 1923, la gente seguía las emisiones televisivas sin descanso, con imágenes de las aguas cabalgando con furia sobre los edificios y los campos de cultivo, casas ardiendo y viviendas destruidas. Muchas familias han hecho acopio de alimentos, y en algunas tiendas la comida ha volado de las estanterías. El Gobierno francés instó a sus ciudadanos que se fueran de la región de Tokio, ante el riesgo de que se produzcan nuevos temblores y la incertidumbre sobre la situación en las plantas nucleares.
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